Virginia Cabo Arnal 83 años, vendedora en el Mercado Central desde 1947

«Al Mercado Central no le hace sombra ningún otro mercado del mundo: la limpieza, la cantidad de gente, el género. Todo es una pasada»

«Mis hijos dormían en los banastos de fruta, que parecían una cuna: allí los ponía, tapaditos»

NOTICIA DE Pedro Ortiz30/01/2012
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«Al Mercado Central no le hace sombra ningún otro mercado del mundo: la limpieza, la cantidad de gente, el género. Todo es una pasada»

Virginia Cabo, en su puesto del mercado. :: IRENE MARSILLA

Más de 60 años lleva Virginia Cabo con su puesto de venta en el Mercado Central, desde que lo compró por 7.000 pesetas cuando tenía 18 años, gracias a un préstamo del Banco de Valencia. La primera semana vendió dos kilos de habas en aquella parada de metro por metro y medio. Hoy Frutas Virginia es el mayor puesto de todo el Mercado Central.

¿Cómo en el 47 tuvo esa idea una muchacha de 18 años?
-Yo se lo explico. Yo soy de Náquera y de jovencita me bajaron a Valencia a servir, que decían entonces, a una casa de la calle Jesús que vendía verduras al por mayor. La compraban en el mercado de Abastos, que entonces estaba en la plaza de San Agustín, y la vendían al por mayor a botiguetas. 


-Y ahí conoció usted el mundo de las verduras.
-Allí conocí a uno que trabajaba en el ayuntamiento y le dije que me gustaría un puestecito para vender verdura. «Pues hay uno en el Mercado Central, que hace semiesquina y van a sacarlo subasta», me informó. 


-¿Cómo era el puesto que quería comprar?
-Estaba abandonado. La parada, como todas, era muy estrechita: un metro y medio de mostrador por un metro de profundidad. Pero era una joya. Tenía unos repiés de hierro y encima de eso iba una piedra... Una verja muy bonita separaba las partes traseras de las paradas. Y había también unas farolas muy bonitas. 


-¿Cómo consiguió el dinero?
-Fuimos al Banco de Valencia mi madre y yo. ¿Puede ser que estuviera la oficina en la plaza del Ayuntamiento? Mi padre ya faltaba; murió muy joven. Mis hermanas se habían casado, y estaba yo sola. La subasta fue en la 'llotjeta', que entonces estaba en el sótano. Pagué 7.000 pesetas. Nunca se había pagado hasta entonces tanto por un puesto el en el Mercado Central. 


-¿Y por qué pagó tanto?
-Porque también lo quería otra persona y nos picamos en la subasta. Todos se tiraban las manos a la cabeza: 7.000 pesetas en aquel tiempo era mucho dinero. Cuando vas a un sitio de esos te calientas, te calientas y llegamos a eso. El otro, que pujaba, y nosotras también.

-Y se puso a vender verduras. ¿Recuerda la primera mercancía?
-Llevaba habas, patatas, cebollas, creo que también alcachofas. Como la parada sólo tenía metro y medio de mostrador, ponía un montoncito y lo demás lo dejaba debajo para ir reponiendo. La primera semana no vendí 'na'. Ya le digo: dos kilos de habas. Menos mal que mi novio, porque yo estaba soltera, pero ya festeaba, trabajaba entonces en el mercado de Abastos. 


-Supongo que no tardarían en casarse.
-Muy pronto, a los 20 años. Y ya, con lo que ganábamos los dos, trampeamos para comprar una furgoneta. Porque primero eran carritos de mano: íbamos con el carrito a Abastos, que ya había pasado de San Agustín a la calle Alberique. También había un carro grande que venía de Abastos y que si pagabas te traía los bultos. Estas calles estaban llenas de carros y caballerías. 


-¿Siempre compraban en Abastos?
-También comprábamos fruta por los campos. En Náquera, el alfarrasador decía cuánta uva había en la viña y la comprábamos cuando aún estaba en las cepas; vendimiábamos por las tardes, con la ayuda de tres o cuatro chicas del pueblo. También comprábamos melocotón, y si te salía una esquinita de un campito de ciruelas pues nos la quedábamos. Así siempre tenías el género muy fresco y podíamos darlo más barato. Hasta íbamos a Teruel a comprar rebollones. 


-¿A Teruel?
-A Mora de Rubielos. Por la mañana se hacía un pregón: se compra rebollón en la plaza a tal precio, y se iban a recoger y venía uno con tres kilos, otro con cinco... cargábamos la furgoneta y nos veníamos. 


-Pero ¿cuántas horas ha trabajado usted?
-¡Uy! Yo iba a Abastos a las tres de la mañana, cargaba y venía rápido al mercado, que a las siete de la mañana, el personal ya te estaba esperando. Estábamos hasta las tres y los sábados hasta las ocho de la tarde. 


-¿Tenía ayuda?
-Mi madre ya se vino a Valencia y mi marido se cambiaba los turnos para echarme una mano; venía el pobre, se acostaba en un saco, dormía dos o tres horitas y a trabajar. 


-Usted también dormía poco.
-Yo por lo menos dormía en casa. Y no me acostaba muy tarde; además, entonces no teníamos televisión. Ocho horas no dormíamos nunca: cuatro o cinco. Hasta que se pusieron los chiquillos que ya ayudaban. 


-Porque además del trabajo, usted comenzó a tener hijos.
-Mi primer hijo nació el día del Corpus y yo volví a vender ocho días después. En la parada teníamos unos banastos ovalados que por la forma parecían una cuna y ponía allí la mantita y al chiquillo bien enrollado y tapadito. Y cuando le tocaba mamar le daba de mamar. Así han estado todos. 


-Ahora todos trabajan aquí.
-Empezaron muy pronto a ayudarme. Los mayores tendrían 14 o 15 años, porque entonces solo estudiaba el que podía mucho. 


-Y el puesto fue creciendo.
- Muy poco a poco. La segunda parada, la de al lado, la compré siete u ocho años después, y así hasta 20. Lo últimos no hace tanto tiempo y ya han sido mis hijos. 


-¿Cómo describiría el Mercado Central a alguien que no lo conoce?
-Es que eso no se puede decir con palabras. Hay que verlo: la limpieza, porque está muy limpio; la cantidad de gente... Hay para todo el mundo: para los sibaritas y para los que tienen muy poquito de dinero. Lo que no encuentres aquí no lo encuentras en ningún lado: caracoles, pescados, jamones, longanizas de mil tipos, hamburguesas. Y la fruta. Una gran cantidad de cosas. El personal puede disfrutar comprando. Yo diría: vayan a disfrutar de la vista y de la cantidad de género que hay, que es una pasada. Lo encuentro tan bonito que no me gusta ninguno más, no le hace sombra ninguno. 


-¿Ha visitado otros?
-Allá donde voy, lo primero que hago es visitar el mercado. Pero como éste no encuentro ninguno. La Boquería está bien, pero no es esto ni mucho menos. 


-Dicen que a Ecclestone le entusiasma.
-Ecclestone viene de lo más temprano. Le compra a mi yerno: mojama, creo que le compra, y algo de salazón, que le gusta mucho. 


-¿Está contenta con la última reforma?
-Sí, mucho. Y además nosotros teníamos el ascensor al lado, que antiguamente era un hueco, un respiradero, un nido con mala vista. Ahora ha quedado precioso. 


-Por cierto, ahora vende más producto que cuando empezó.
-Cuando empezamos vendíamos tres o cuatro, los de temporada. Ahora son incontables. ¿No habrá 100 productos de fruta? Una barbaridad. 


-¿Dónde compran ahora?
-En Mercavalencia hemos comprado mucho tiempo. Y en El Puig. Mi yerno ahora mismo está cogiendo mandarinas en el campo, que aún solemos comprar. 


-Los naranjeros se quejan de los precios en el mercado.
-Yo no sé dónde van a ver los precios para decir que la naranja se vende cara, cuando las vendemos a 60 y a 40 céntimos. Aunque hay que decir que nunca se ha visto tan barata en los últimos años. 


-¿Se nota la crisis en el mercado central?
-La economía está fatal. Si se nota sí, aunque aún hay quien tiene dinero: hay mucha crisis, pero para el personal pobre. Pero una persona puede entrar en el mercado mirar y ganarse dinero por haber dado la vuelta y haber buscado el puesto mejor para comprar.

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