París. Primeros años del siglo pasado. En la, entonces, capital cultural del mundo las comunas de artistas se conformaban alegremente, una práctica que se extendió por Europa. En España, sin embargo, no cuajaron, a pesar de que españoles como Picasso, Juan Gris o Gargallo sí participaron en proyectos como La Bateau-Lavoir o La Ruche. Sin embargo, la crisis agudiza el ingenio y obliga a reducir costes y compartir. En Valencia comienzan a multiplicarse los espacios comunes para la creación.
Ya sea a través de acuerdos de convivencia inspirados en los contratos de masovería tradicional mediterránea o empleando el modernísimo concepto anglosajón del 'coworking', los creadores se agrupan. Todo vale. Las maneras de nombrar estas prácticas son muchas pero al final se resume en que la unión hace la fuerza... sirve para ahorrar y, en el caso del mundo del arte y de las actividades creativas, puede incluso generar productos, obras, de mayor valor que las producidas en solitario.
La Calderería abre sus puertas en el distrito Marítimo de Valencia con el fin de reactivar una antigua empresa a través de proyectos culturales que van desde la arquitectura hasta la gastronomía. Acaba de lanzar una convocatoria para acoger proyectos.
Botánico Creativo surge de un problema reciente, la caída de actividad de una empresa y, consecuentemente, el sitio que quedó libre, que se ha reconvertido en zonas disponibles para profesionales relacionados con el diseño y la comunicación.
Las Naves han servido de residencia de artistas para cinco jóvenes que durante tres meses han trabajado en una muestra conjunta que se expone hasta el domingo.
En Sporting Club Russafa llevan años compartiendo espacio pintores y creadores que, además, exponen allí sus trabajos y disponen de una variada programación de actividades.
Los que pintan figuración trabajan al otro lado del panel de los que crean abstracción o los que imaginan una perfomance; un laboratorio gastronómico convivivirá con una escuela de circo; un diseñador de piezas cerámicas comparte módulo con un fotógrafo... las expresiones artísticas siguen siendo diversas pero se ejercitan, cada vez más, en lugares comunes. La razón, de un modo directo o indirecto, es la necesidad de ahorrar, que con la crisis se ha convertido en un imperativo que agudiza el ingenio en general, y el artístico en particular.
Josie McCoy es inglesa. Llegó a España hace seis años y al poco tiempo ya se entusiasmó con el Sporting Club Russafa, en la calle Sevilla.
En cuanto quedó libre uno de los siete estudios que se comparten en la zona de creación, Josie cargó con sus lienzos y se metió de lleno en este espacio artístico común. «Estoy aquí porque he tenido suerte. Hay lista de espera. Compartir siempre es mejor, la mirada del otro enriquece, el debate, los contactos... es más excitante», explica la pintora respecto a un área que comenzó a compartirse como lugar de creación hace ocho años, según recuerda Curro Canavese.
«Se vaciaba este local, que en su tiempo fue un gimnasio de boxeo. Todos ibamos buscando estudio y nos pareció buena idea compartir espacio y abaratar el precio. Además creamos una asociación para regular el modo de organizarnos. Somos 25 miembros. Nos dieron un crédito y habilitamos una zona expositiva. Ahora sería imposible. Nos hemos asentado. Las cosas son sencillas cuando se aplica el sentido común. En ciudades como Berlín o Nueva York esto es muy habitual. Las instituciones, los poderes públicos buscan otro tipo de historias. El dinero se mueve mucho para según qué cosas», recuerda Canavese.
Juntos o revueltos
Mucho más nuevo, medio año de edad, es Botánico Creativo. Se trata de uno de los, al menos, 15 'coworking' ubicados en Valencia, un tipo de centros que buscan agrupar a los 'inquilinos' por áreas profesionales. Unas veces, sólo juntos y cada uno a lo suyo; otras, revueltos; pero en cualquier caso, compartiendo gastos.
«Botánico Creativo surgió porque la zona antes lo ocupaba una empresa que, por causas de la crisis, tenía demasiado espacio y buscó la manera en rentabilizar ese sitio con actividades que tuviesen que ver con el mundo de la comunicación. Cada uno va a la suya, sí, pero todos somos del mismo sector y podemos utilizar las sinergias de nuestra actividad. Han surgido ya varios proyectos comunes de Eventos, identidad corporativa a través de diseño. Somos once empresas y ninguna se ha ido», indica José Miguel Piquieras, quien asegura que este tipo de iniciativas «se extiende. Antes no había nadie. Y en seis meses ha explotado. Hay mucha tendencia en arquitectura, porque han sufrido mucho la crisis. En el tema de comunicación y diseño somos pioneros».
Con la misma filosofía del coworking trabaja Ángel Aguadé en la calle Milagrosa, junto a Viveros, donde se sitúa Comuna.
«Nos hemos llegado a juntar hasta doce profesionales aquí. Es un modo de ahorrar en gastos de infraestructuras y aprovechar la capacidad de sumar talento: diseñadores, fotógrafos, ilustradores, arquitectos... pero este tipo de historias aún pueden cuajar mucho más en Valencia, porque aquí todavía tenemos en la cabeza muy metido lo de la propiedad, y eso es algo muy caro y poco productivo», señala Aguadé, director de arte de proyectos cinematográficos y creativo.
Una fábrica, una calderería en desuso en el barrio de Ayora se ha convertido en un Laboratorio de Cultura emergente y de Economía Social, activado y gestionado colectivamente, mediante la masovería urbana, un modo de contrato y colaboración en la cual los inquilinos pagan con su aportación al espacio común. Esos inquilinos serán, en la mayor parte de los casos, creativos relacionados con el diseño, la gastronomía, el circo, la arquitectura...
«Buscamos generar valor en este espacio a base de intervenir en él y de convertirlo en un lugar de creación que le aporte visibilidad. Ahora debemos intentar que los proyectos encajen entre ellos para generar sinergias y, de este modo, constatar que se saca más provecho juntando fuerzas que cada uno por su lado», explica Domingo Mestre, uno de los fundadores de la Calderería. Fábrica de Alternativas a través de La Coordinadora de Iniciatives Veïnals (LaCiv), una de las entidades que ha lanzado una convocatoria con plazo hasta el 20 de julio dirigida «a creadores y colectivos relacionados con la cultura emergente y la economía social porque La Caldereria quiere ser un laboratorio en estos campos».
De momento, el 25 de junio comenzó un taller de construcción con madera, coordinado por Hugo Prades y Boris Strzelczyk, arquitectos, además de Patrick Thodor, carpintero local del Grau.
La ciudad acoge otros proyectos de unión de fuerzas creativas. Es el caso de 'Benimaclet Entra', que surge de la unión como asociación de una plataforma integrada por una quincena de entidades. Se suman agrupaciones culturales ('No me ho puc crear' o 'Ameba'), así como librerías, espacios polivalentes (FusionArt, La Gramola o Enbabia), cafeterías con intención de ofrecer oferta cultura (Kafcafé, London o El Chico Ostra), galerías y hasta una tiende de productos eróticos. En 'Benimaclet Entra' se conjugan espacios diferentes «interesados en la gestión y promoción cultural del barrio de Benimaclet uniendo nuestras fuerzas y motivaciones», según la web del colectivo.

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