Todo empezó -cuenta Diego "el pollo", uno de los patinadores- con reuniones informales en el Palau de la Música, donde los jóvenes se concentraban para disfrutar de su hobbie. Con el tiempo se fueron aficionando a circular por las calles los jueves por la noche a toda velocidad, hasta que surgió la Asociación de Patinadores de Valencia para canalizar la pasión por los patines.
Se instauró entonces el viernes como día de ruta nocturna a un ritmo más lento y con la asistencia de personas que se encargan de cortar los semáforos con chalecos reflectantes para garantizar la seguridad. Pero, según Diego, los patinadores más diestros comenzaron a salir también los miércoles a una velocidad mayor.
En cualquiera de los casos uno de los patinadores dirige siempre la ruta, que suele ser fija. El trayecto urbano oscila entre los 15 y los 20 kilómetros. "Hay que conocerse bien la carretera y el tipo de asfalto -sostiene Ricardo, otro patinador- porque hay calles muy malas que requieren andar con cuidado". "Poco a poco vas conociendo cosas de la ciudad y del patinaje. Vale la pena", añade.
Tanto Diego como Ricardo coinciden en que el patinaje "engancha". "Puedes ir donde quieras y cuando quieras sin tener que aparcar la bici ni sufrir por que se te escape el monopatín", destaca el primero, "se reducen muchísimo las distancias en una ciudad tan plana como Valencia", concluye el segundo.